Todo lo hago seguro
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Pensar en ello abre una grieta innecesaria, un pulso sordo que todavía no sé descifrar. Me miro las manos abiertas sobre el regazo y no reconozco del todo la carne ni las líneas que las cruzan; parecen pertenecerle a otra persona, o ser el residuo fósil de algo que existió hace demasiado tiempo.
Soy apenas el amuleto gastado de una versión que ya no vive aquí y que nunca volverá, un recordatorio mudo de lo que prometí ser.
Aún seguro de tu promesa sigo temblándole a la fe, a la idea de creer que algo pueda sostenerse intacto y haga flotar las plantas de los pies sobre el océano más profundo. Te entrego las ruinas de esta certeza jurada, este intento desesperado por mantener el control mientras todo alrededor se sigue desmoronando.
Mírame extender los brazos y pretender la altura con la precisión de quien cree dominar los cielos. Justo en el borde de alcanzar la cima el impulso se quiebra y la gravedad reclama su parte.
Photo by Milo Weiler on Unsplash
En las pausas habita una presencia sin rostro ni materia, una sombra ocupa las habitaciones vacías y se niega a callar. Con los días, el daño deja de arder. Ya no me asusta el vértigo ni la caída ni el impacto, los músculos cederán, el frío anestesiará las orillas de la herida y todos dirán que finalmente estoy en paz.
Camino a ciegas sin saber si la deuda está saldada, si entregué todo lo que tenía o si te quedo debiendo pedazos de mi propia historia y me aterra pensar que al llegar me reclames lo que pude ser, lo que planeabas para mí y me cobres la impaciencia por minuto.
La caída se desata, cíclica y feroz. No hay gloria en un vuelo roto. Mientras el aire se me escapa y la tierra sube a recibirme, no queda nada que ocultar.
Mi voz se desgarra y reclama ser oída. El llanto se derrama sobre el polvo.