en mis sueños te he besado
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La vigilia es un pájaro de cristal que se rompe antes de cantar, un territorio baldío donde los relojes miden el tiempo con la paciencia de las piedras húmedas.
Y entonces apareces tú, suspendida en la cornisa del sueño, habitando ese margen donde la carne se vuelve bruma y el tacto es apenas una sospecha.
Acercarse a ti exige la precisión de los ciegos: tantear el aire con la yema de los dedos hasta encontrar el límite exacto donde tu piel deja de ser fría y comienza a arder con una lentitud de brasas ahogadas.
Tocarte es rozar el reverso del invierno, besar la tregua frágil de tus labios con la certidumbre de que cualquier movimiento más hondo disolverá el espejo. Encender el hielo con este aliento torpe que insiste en nombrarte, hacer que la escarcha ceda y derrame un calor insoportable sobre las manos.
Y después, abandonarse sin resistencia, dejarse caer en el fondo de ese vacío tuyo que contiene, para ahogarse despacio, sabiendo que no hay naufragio más exacto ni refugio más limpio que este silencio compartido.
Voy contigo a donde vayas.