atardecer
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Te amo en minúsculas, en el margen estrecho de los cuadernos donde la noche apenas respira, donde la pulpa del papel aguarda la violenta marea de tus huellas alargadas. Así, en voz baja, sosteniendo un pájaro ciego dentro del puño, con el miedo latente a que se rompa en el aire; como los secretos que se dicen contra la almohada para que la luz no los descubra. Es un amor de orillas, de llamadas adolescentes, de silencio solemne, de sombra tenue donde tú y yo cabemos sin hacer ruido.
Pero los días tienen hambre de horizonte y la sangre no sabe callarse para siempre. Voy a empujar este pulso hasta que desborde los márgenes, a fundir la tinta con la sal de esa marea y el hierro de los astros que corren por tus venas y embriagan tu corazón de niña, hasta abrir una brecha en el tiempo. Voy a dedicar cada latido, cada hora y cada piedra a gritarlo en mayúsculas, soberbio, acalorante y ancho como el mediodía, hasta que no quede un solo rincón de la tierra donde tu nombre sea una sombra y la luz entera te reconozca.